Es
imposible permanecer indiferente ante la belleza que representan
las flores. Su forma, color y
aroma nos envuelven y trasforman.
Es difícil saber cuando empieza el hombre a disfrutar de las flores,
ya que las
distintas culturas y pueblos han intentado aprovecharse
de su compañía de múltiples formas,
adaptando la manera de utilizarlas a su propia idiosincrasia, tanto en
forma de decoración de una sala o como parte de la vestimenta.
Cuando el budismo llegó a Japón
(538 d. C.) se adoptó la costumbre de adornar
con flores los altares, extendiéndose más tarde esta
práctica a las casas particulares.
Es a partir de
esta época cuando nos encontramos con los
primeros datos escritos, en poemas o ensayos,
alabando la belleza de las flores en recipientes y
destacando la difusión, a través de la alta sociedad
aristocrática japonesa, del interés por
el disfrute de los adornos florales.
En el período Kamukara (1.192 – 1.333) se producen
en Japón importantes cambios sociales con el dominio de
los samuráis y la implantación de
nuevas costumbres y gustos. En arquitectura nace el tokonama,
espacio sagrado del
salón y lugar destinado a colocar los arreglos
florales. Podemos encontrar arreglos con flores de loto
en dibujos de la época.
En el siglo XVI, a mediados del período
Muromachi, evoluciona el sentido en la composición
de dichos arreglos florales, intentando dar algún
significado a los sentimientos de la persona que los
realiza, evolucionando de una actitud pasiva ante las
flores a un tratamiento más positivo, considerándose éste
momento como la base del ikebana.
Se celebran grandes competiciones de arreglos
florales en la corte y es un
diario del monje Daikyoku donde aparece la primera mención a la escuela
Ikenobo de ikebana.
Ikenobo es el nombre de uno de los edificios del templo Rokkakudo, en
Kyoto, residencia de los monjes budistas y lugar de
reunión de la gente
del pueblo, que se decora con arreglos florales. A finales
del período Muromachi se encuentran los
manuscritos más antiguos sobre el ikebana.
A finales del siglo XVI se produce una nueva corriente artística y
cultural en Japón, que afecta al ikebana
y permite a este arte alcanzar las cotas más altas
en su evolución. De esta época data el estilo
rikka.
Más tarde nacería el estilo shoka,
representando una belleza más
natural y unos arreglos menos complicados que el
rikka, utilizándose éste
para los rituales y los momentos más ceremoniosos.
Durante esta época nacen otras escuelas de
ikebana, además de la Ikenobo.
A partir del período Meiji (1868 – 1912) se deja sentir
la influencia de
la importación de la cultura europea a Japón
y es después de la II Guerra
Mundial cuando el ikebana
empieza a considerarse como un arte y, por
tanto, sujeto a una
constante evolución, tanto en la utilización de nuevos
materiales como en la concepción del mismo.